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(foto: parquedelareserva.blogspot.com)

"Ciudad-jardín", ¿ironía o alucinación?

Publicado: 2014-10-23

Sólo a un satírico o a un visionario se le pudo ocurrir ponerle a Lima el epíteto de "ciudad-jardín", pues no hace falta ser un zahorí para darse cuenta que a nuestra capital le hacen falta árboles y flores, es decir, aquello que justificaría, de existir profusamente, el literato apelativo. Ya los técnicos han hecho público el drama de la carencia de zonas verdes con datos de la implacable estadística: para una población de más de un millón de habitantes sólo se cuenta con un poco más de tres metros cuadrados de área libre por persona, y de esos tres metros escasos sólo la mitad se dedica a la recreación. Mida cada lector en torno de sí el espacio florido que le toca y diga entonces si aquello de la "ciudad-jardín" no pasa de ser una solemne tontería. (Un dato interesante: las normas aprobadas por la National Playing Fields Association, de Londres, la máxima autoridad en cuanto a parque y jardines públicos se refiere, señala que como norma general es preciso que toda urbe moderna tenga un mínimo de veinticinco metros cuadrados de verdor por individuo.)

avenida wilson

El drama no queda ahí. Ayer hemos leído las declaraciones del conocido floricultor Francisco Ruiz Alarco sobre la lenta y al parecer inevitable desaparición de algunas especies de árboles que servían de adorno en calles y plazas limeñas, no por causa de ninguna peste maligna, sino simplemente por la guerra que sus enemigos le han declarado. Cayeron ya las palmeras de las plazas de Armas, Bolognesi e Italia, y caerán más aún si la pasión arboricida no se detiene. Las plantas públicas son cortadas sin piedad porque, sedientas como están, buscan desesperadamente su alimento líquido y rompen las veredas, o son podadas a destiempo, de una manera torpe, porque sus ramas se elevan tras la luz, lo que equivale a matarlas. En la avenida Santo Toribio, por ejemplo, los árboles han sido devastados en el momento en que brotaban las yemas, segando en ellas así la vida renovada. En cuanto a los que se lucen en la avenida Wilson, la condena es peor: han sido constreñidos a un tan despiadado aislamiento que apenas reciben la nutrición que requieren. Todo esto sin contar que muchas veces hacen, aquí y allá, las veces de postes, pues soportan los clavos que sostienen letreros, leyendas de tránsito, avisos comerciales, cables eléctricos y telefónicos.

parque de la reserva

¿"Ciudad-jardín"? Apenas sirven los espacios de las casas particulares, a veces egoístamente cercados con grandes y espesos muros, para justificar el curioso mote, porque en lo que se refiere a las áreas verdes públicas estamos entre las pocas ciudades del mundo que en lugar de cuidarlas y aumentarlas se las ataca y disminuye. La Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo ha publicado un plano de Lima en que figuran teñidos de negro los núcleos libres, para esparcimiento, con que podemos contar los limeños que no tenemos jardín en casa. Aparte de dos más o menos grandes —el Parque de la Reserva y el Olivar de San Isidro, cada día menos proporcionado con respecto al tamaño urbano— el resto de esas manchas son insignificantes. Hay un agravante: los que existen no obedecen a ningún plan técnico, son fruto del azar, y por ende no llenan su función estrictamente. A ellos tenemos que acudir para reclamar nuestro metro y medio de césped y flores, nuestro trozo de naturaleza, cuando la fatiga citadina —cemento, polvo, gases tóxicos— nos abruma. ¿Qué pasaría —cabe preguntarse— si mañana cada ciudadano acudiera a los parques a pedir su pedacito de jardín? El resultado es digno de una novela de Kafka, inenarrable.

Hay que reclamar enérgicamente una política municipal con relación a parques y plazas. Hay que unir la voz a la del floricultor Ruiz Alarco, uno de los pocos ciudadanos que en cada ocasión en que los arboricidas se desmandan protesta públicamente. Todo esto aunque sea para que lo de la "ciudad jardín" no parezca una amarga ironía, algo que alguien echó a correr con el fin de caricaturizar, o en caso contrario la alucinación de quienes no ven de la realidad sino el nombre que mentidamente la oculta. La actual autoridad municipal tiene conciencia de sus deberes y ha de poner atención en este problema sobre el cual, desde hace tantos años, se viene infructuosamente hablando.


Publicado en La Prensa, 30 de octubre de 1957


Escrito por

Sebastián Salazar Bondy

Cronista, poeta, dramaturgo. Autor de 'Lima la horrible' (1965)


Publicado en

En la realidad y sin mito

Los eventos de una Lima del pasado que sobreviven entre nosotros, a pesar de nosotros.